Guy Sorman. “No hay capitalismo sin crisis”

•21 Diciembre 2008 • 1 comentario

El brillante ensayista y periodista de fuste internacional dice que hace 70 años se vivió una crisis “del” capitalismo y que la actual, en tanto, es una “en” el capitalismo. Y lo dice porque éste es un sistema experimental, que ha hecho, y está haciendo, un aprendizaje. Por Jorge Abasolo Aravena.
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a época actual puede ser sindicada como la de los expertos. Una época en la cual a los economistas se les mira con respeto pues han sido consagrados como los encargados de explicar fenómenos que se alojan más allá de la capacidad de comprensión del ciudadano medio… y de muchos políticos. Eso es lo que logra magistralmente Guy Sorman en su último libro, La economía no miente (Editorial Sudamericana) y que vino a presentar a Chile hace unas semanas.

Ensayista y periodista de fuste internacional, Sorman suele dictar seminarios en universidades francesas y extranjeras, y publicar columnas en prestigiosos medios. Sostiene hoy que la sana economía es más necesaria que nunca, pues sólo en el curso del siglo XX, las malas políticas económicas devastaron las naciones y causaron más víctimas que cualquier epidemia. Y es cosa de revisar la historia: las colectivizaciones de las tierras impuestas en Rusia en la década de 1920, en China en los años 50 o en Tanzania, diez años después, condenaron a la hambruna a cientos de miles de campesinos.

Sorman es de palabras rotundas y de juicios categóricos. Su evangelio, si se nos permite la expresión, no admite dobleces, tal y como queda de manifiesto en la siguiente conversación.


-¿La economía es una ciencia exacta?

-Nada es exacto. Todo está confrontado entre la teoría y la práctica y, por lo tanto, como todo se ciñe a una metodología, no hay diferencia con otras ciencias.


-Gerard Debreu, Premio Nobel de Economía en 1983, asegura que lo único que no saben hacer los economistas es
prever. ¿Está de acuerdo en ello?

-Estoy de acuerdo sólo en la mitad. Los economistas saben prever que una mala política económica conducirá necesariamente a una catástrofe. La ciencia económica evita solamente que quienes buscan resultados concretos recurran a medios incoherentes con los fines. En esto, a la economía la podemos comparar con la medicina moderna, cuyos logros principales se relacionan a la prevención de riesgos. Al igual que el médico que no puede curar a todos sus pacientes, el economista no puede garantizar la prosperidad de todos.

-En su reciente libro La economía no miente dice que hechos como la gran crisis de 1930 no podrán repetirse, ya que los errores que la agravaron en su época, como el proteccionismo, no se repetirán. La reciente crisis financiera parece contradecir su aseveración.

-En primer lugar, conviene decir que no hay capitalismo sin crisis. La crisis es consustancial al capitalismo; el cual, como sistema experimental que es, produce experiencias que fallan. La crisis es algo que uno comprende y puede ver venir, pero que a veces es inevitables. El verdadero problema en los años 30 y 70 era cómo responder a la crisis. El año 30 fue el proteccionismo lo que hizo estallar la economía. El año 73 fue el problema monetario. Lo que estamos viviendo ahora es consecuencia de lo que no debió haberse hecho. Con todo, hoy en día tenemos una crisis en el capitalismo, mientras el año 30 se vivía una crisis del capitalismo.

-La reciente crisis norteamericana, ¿es un golpe al mentón del neoliberalismo?

-En primer lugar, ¿qué es el sistema neoliberal? Prefiero hablar de liberalismo, ya que el neoliberalismo es un concepto ideológico latinoamericano. Nunca he encontrado economistas tan intransigentes, que usan y abusan de este término, como en Latinoamérica. Lo que existe es el liberalismo, que consiste en un matrimonio entre Estado y empresa. Claro, se trata de un matrimonio imperfecto, pero déjeme decirle que no existe sociedad capitalista sin Estado. Y como el sistema es experimental, cada vez se exigen nuevas adaptaciones a los problemas dentro del capitalismo, que es justo lo que está ocurriendo ahora.

-¿Por qué en América latina la relación políticos-economistas sigue siendo tan áspera? ¿Sucede lo mismo en Europa y Estados Unidos?

-Es que la tradición en América latina todavía tiene una visión caudillista y hay en la tradición caudillista una resistencia contra el sistema liberal, especialmente en Brasil, Venezuela, Argentina y –en parte– en el propio Chile.

-¿Por qué América latina sigue siendo tierra fértil para el populismo?

-Hay, creo, razones sociológicas y reales. También hay un problema étnico, ya que en América latina no se ha superado el tema racial. En ese contexto, el populismo y el caudillismo son formas de enfrentar o solucionar los problemas desde un punto de vista bárbaro.

-Como estudioso del liberalismo en Chile y Argentina, ¿qué pasó con el caso argentino? ¿Por qué se produjo allí una etapa de marasmo?

-En el caso de Chile hay motivos culturales y sociales que explican el éxito. Hay una tradición de empresarios y una historia de innegable iniciativa. Eso está fuertemente arraigado en el carácter del chileno, con empresarios que captaron de inmediato las ventajas de la exportación y las consecuencias propias del liberalismo.

En Argentina ha ocurrido exactamente lo contrario. Allá se vive aún del mito de la edad de oro. Ellos saben que fueron ricos en el pasado y no se explican por qué no lo son ahora. Antes, en Argentina se ganaba dinero prácticamente sin trabajar, y ahora viven añorando un pasado que no existe. Y quizás por eso quieren seguir ganando dinero de forma fácil, lo que ha sido nefasto. La reciente crisis con el sistema de pensiones tiene mucho que ver con esa forma de pensar (…) La clase política argentina está compuesta por gente muy mediocre y también insisten en esa obsesión por la edad de oro. Lo peor es que los gobiernos alimentan este mito.

“El GOLPE CONTRA EL ESTADO DE BIENESTAR COMENZÓ EN CHIE”

•21 Diciembre 2008 • Dejar un comentario

A continuacion compartire un arituclo que encontre en la Revista Qué Pasa. En la cual se da cuenta de la influencia de los Chiago Boys en la caida del Estado de Bienestar. Pero no solo como un experimento aislado en un pais del Tercer Mundo, sino como un estrategia para el cambio de paradigma mundial.

Resulta espelusnante sumergirse en las refllexiones empresariales acerca de su rol en la historia. definitivamente es como leer la ficha de un psicopata, de un asesino a sangre fria que no siente el mas minomo escalofrio al contarnos sus atrocidades.

José Piñera, Sergio de Castro y Milton Friedman.

José Piñera, Sergio de Castro y Milton Friedman.

En 1976, un diminuto profesor de la Universidad de Chicago ganó el Premio Nobel de Economía. La reputación de Milton Friedman descansaba en gran parte en reinstalar la idea de que la inflación se debía a un aumento excesivo en la oferta de dinero. Como hemos visto, fue coautor del que quizás sea el libro más importante de todos los tiempos sobre política monetaria estadounidense, en el cual culpaba firmemente a la Reserva Federal por la Gran Depresión de 1929.

Pero la pregunta que, a mediados de los 70, preocupaba a Friedman era: ¿qué había fallado en el Estado de bienestar? En marzo de 1975, voló desde Chicago a Chile para responder esa interrogante.

Sólo 18 meses antes, en septiembre de 1973, los tanques rodaron por Santiago para derrocar al gobierno del presidente marxista Salvador Allende, cuyo intento por convertir a Chile en un Estado comunista había terminado en un caos económico total y en un llamado del Parlamento al golpe militar. Los jets de la Fuerza Aérea bombardearon el palacio presidencial de La Moneda, mientras eran observados por los opositores a Allende, en los balcones del cercano Hotel Carrera, celebrando con champaña. Al interior del palacio, el presidente peleaba sin esperanzas, armado con un AK-47: un regalo de Fidel Castro, el hombre a quien buscaba emular. Cuando los tanques estaban encima, Allende se dio cuenta de que todo había terminado y, arrinconado en lo que quedaba de sus cuarteles, se suicidó.

El golpe encarnó la crisis mundial del Estado de bienestar y planteaba una fuerte elección entre sistemas económicos antagónicos. Con el colapso de la producción y una inflación rampante, el sistema chileno de beneficios universales y pensiones estatales estaba en esencia en bancarrota. Para Allende, la respuesta había sido un marxismo extremo: el control al estilo soviético de cada aspecto de la economía. Los generales y sus partidarios estaban en contra de aquello. Pero, dado que el statu quo era claramente insostenible, ¿qué cosa proponían?

Aquí entró Milton Friedman. En medio de sus conferencias y seminarios, estuvo tres cuartos de hora con el nuevo presidente, el general Augusto Pinochet. Posteriormente le escribió una evaluación de la situación económica chilena, instándolo a reducir el déficit gubernamental, al que identificaba como la principal causa de la altísima inflación del país, la cual por ese entonces se empinaba en torno a 900%.

Un mes después de la visita de Friedman, la Junta chilena anunció que detendría la inflación “a cualquier costo”. El régimen bajó el gasto en 27% e hizo quemar fajos de billetes. Pero Friedman ofrecía algo más que su evidente terapia de shock monetario. En una carta a Pinochet, escrita con posterioridad a su retorno a Chicago, afirmaba que “este problema” de la inflación surgió “de tendencias al socialismo que se iniciaron cuarenta años atrás, y que alcanzaron su clímax lógico -y terrible- en el régimen de Allende”.

Más tarde Friedman recordaría: “El argumento general que estaba adoptando… es que sus actuales dificultades se debían casi por entero a la tendencia de cuarenta años hacia el colectivismo, el socialismo y el Estado de bienestar…”. Además le aseguraba a Pinochet: “El fin de la inflación conducirá a una rápida expansión del mercado de capitales, lo cual facilitará enormemente la transferencia al sector privado de las empresas y actividades que aún están en manos del gobierno”.

Por ofrecer estos consejos a Pinochet, Friedman fue denunciado en la prensa estadounidense. Después de todo, estaba actuando como consultor de una dictadura militar responsable de las ejecuciones de más de 2 mil comunistas y de torturar a otros 30 mil. El New York Times se preguntaba: “Si la teoría económica pura de Chicago sólo puede ser llevada a cabo al precio de la represión, ¿deberían sus autores sentir algo de responsabilidad?”.

El papel de Chicago en el nuevo régimen fue bastante más que una visita de Milton Friedman. Desde la década del 50, había existido un flujo regular de brillantes economistas jóvenes chilenos a Chicago, gracias a un programa de intercambio con la Universidad Católica. Ellos volvían convencidos de la necesidad de equilibrar el presupuesto, reducir la oferta de dinero y liberalizar el comercio. Éstos eran los llamado Chicago boys, la infantería de Friedman: Jorge Cauas, ministro de Finanzas de Pinochet y posteriormente “superministro” económico; Sergio de Castro, su sucesor en el ministerio; Miguel Kast, ministro del Trabajo y posteriormente presidente del Banco Central; y al menos otros ocho que estudiaron en Chicago y participaron del gobierno. Incluso antes de la caída de Allende, diseñaron un detallado programa de reformas conocido como El Ladrillo, debido al grosor del manuscrito.

Las medidas más radicales, sin embargo, provendrían de un estudiante de la Universidad Católica que optó por estudiar en Harvard en vez de Chicago. Lo que él tuvo en mente resultó ser el desafío más profundo al Estado de bienestar en una generación. Thatcher y Reagan vinieron después. El golpe en contra del Estado de bienestar comenzó en Chile.

Para José Piñera, quien tenía 24 años cuando Pinochet se tomó el poder, la invitación de retornar a Chile le planteaba un dilema angustiante. Él no tenía ilusiones sobre la naturaleza del régimen de Pinochet. Sin embargo, creía en la oportunidad de poner en práctica ideas que habían estado tomando forma en su mente, desde su arribo a Nueva Inglaterra. La clave, pensaba Piñera, no sólo era reducir la inflación. Era esencial fomentar el vínculo entre los derechos de propiedad y los derechos políticos, lo que había sido el corazón del exitoso experimento norteamericano con la democracia capitalista. No había forma más segura de hacerlo que realizar un cambio radical al Estado de bienestar, comenzando con el sistema de pensiones financiadas por el Estado y otros beneficios. Así veía las cosas:

“Lo que había comenzado como un sistema de seguros de gran escala se había convertido simplemente en un sistema impositivo, en el que las contribuciones de ahora son usadas para pagar los beneficios de ahora, en vez de acumular un fondo para su uso futuro. Este enfoque de ‘pago-al-salir’ había reemplazado el principio de ahorro con la práctica del derecho… (Pero este enfoque) está arraigado en una falsa concepción sobre el comportamiento de los seres humanos. Destruye, en el nivel individual, el vínculo entre contribución y beneficios; en otras palabras, entre esfuerzo y recompensa. Dondequiera que esto ocurra en una escala masiva y durante un largo período de tiempo, el resultado final es el desastre”.
Entre 1979 y 1981, como ministro del trabajo (y posteriormente de Minería), Piñera creó un sistema de pensiones radicalmente nuevo para Chile, ofreciéndole a cada trabajador la opción de salirse del sistema de pensiones estatal. En vez de pagar un impuesto al trabajo, tendrían que colocar una suma equivalente (10% de sus sueldos) en una cuenta de jubilación personal, la que sería administrada por empresas privadas y competidoras, conocidas como Administradoras de Fondos de Pensiones. Al llegar a la edad de jubilación, el participante retiraría su dinero y lo usaría para comprar una anualidad, o si lo prefería podría seguir trabajando y contribuyendo. Además de la pensión, el plan también incluía seguros por invalidez y de vida. La idea era darle al trabajador chileno la noción de que el dinero ahorrado era de verdad capital de su propiedad.

En palabras de Hernán Büchi (quien ayudó a Piñera a redactar la legislación de seguridad social y luego implementó la reforma a la salud), “los programas sociales tienen que incluir algún incentivo para el esfuerzo individual y para que las personas sean gradualmente responsables de su propio destino. No hay nada más patético que los programas sociales que fomentan el parasitismo social”.

Piñera hizo una apuesta. Les dio a los trabajadores una opción: mantenerse en el viejo sistema de “pago-al-salir” u optar por las nuevas cuentas de jubilación personales. Tuvo que ejecutar un trabajo de convencimiento, realizando regulares apariciones en televisión, para darles seguridad a los trabajadores de que “nadie les quitará el cheque de sus abuelitas” (del sistema antiguo). Se mantuvo firme, rechazando sarcásticamente la propuesta de que fueran los sindicatos del país, en vez de los trabajadores individuales, los responsables de escoger las AFP de sus miembros. Finalmente, el 4 de noviembre de 1980, fue aprobada la reforma, entrando en vigencia, bajo la traviesa sugerencia de Piñera, el 1 de mayo de 1981, el Día Internacional del trabajo.

La respuesta pública fue entusiasta. Hacia 1990, más del 70% de los trabajadores se había cambiado al sistema privado. A fines de 2006, cerca de 7,7 millones de chilenos tenían una cuenta de jubilación personal; otros 2,7 millones también estaban cubiertos por planes de salud privados, bajo el llamado sistema de las Isapres, el cual les permitió a los trabajadores salirse del sistema de seguro estatal a favor de proveedores privados. Puede que no suene a tanto, pero -junto con otras reformas inspiradas en Chicago e implementadas por Pinochet- esto representó una revolución tan grande como cualquier cosa que haya planeado el marxista Allende en 1973. Más aún, la reforma tuvo que ser introducida en un momento de extrema inestabilidad económica, consecuencia de la deficiente decisión de atar la moneda chilena al dólar en 1979, cuando el dragón de la inflación parecía estar muerto. Cuando al poco tiempo las tasas de intereses estadounidenses subieron, la presión deflacionaria hundió a Chile en una recesión que amenazó con descarrilar completamente al expreso Chicago-Harvard. La economía se contrajo 13% en 1982, reivindicando -en apariencia- las críticas de la izquierda al tratamiento de shock de Friedman. Recién a fines de 1985, se pudo considerar superada la crisis. Hacia 1990, estaba claro que la reforma había sido un éxito: las reformas al Estado de bienestar eran responsables de la mitad de la caída del gasto gubernamental (desde el 34% del PIB al 22%).

¿Valió la pena la enorme apuesta moral que hicieron los Chicago y Harvard boys, al irse a la cama con un dictador militar asesino y torturador? La respuesta depende de si uno cree o no cree que estas reformas económicas ayudaron a pavimentar el camino de vuelta a una democracia sustentable. En 1980, sólo siete años después del golpe, Pinochet dictó una nueva Constitución que dictaba una transición de 10 años para la vuelta a la democracia. En 1990, habiendo perdido un plebiscito, Pinochet abandonó la presidencia (aunque se mantuvo a cargo del Ejército por otros ocho años). La democracia fue restaurada, y para ese entonces el milagro económico estaba produciéndose, lo que ayudó a asegurar su supervivencia.

La reforma a las pensiones no sólo creó una nueva clase de propietarios, cada uno con sus ahorros para jubilarse. También le dio a la economía chilena una masiva inoculación, dado que su efecto fue aumentar significativamente la tasa de ahorro (hasta un 30% del PIB, en 1989, la más alta de América Latina). Inicialmente, se impuso a las AFP un límite que evitaba que invirtieran más de 6% (más tarde 12%) de los nuevos fondos de pensión fuera del país. El efecto de esto era asegurar que la nueva fuente de ahorros de Chile fuera canalizada al propio desarrollo económico del país. En enero de 2008, visité Santiago y vi a los corredores del Banco de Chile cómo invertían afanosamente las contribuciones de los trabajadores chilenos en su propio mercado accionario.

Por cierto, existe un lado oscuro en el sistema. Se dice que los costos de administración y fiscales son demasiado altos. Como en la economía no todos tienen un empleo regular de tiempo completo, no todos terminan participando en el sistema. Los trabajadores independientes no fueron obligados a contribuir a las cuentas de jubilación personales, y los empleados part time tampoco contribuyen. Eso deja a una proporción sustancial de la población sin ningún tipo de cobertura previsional, incluyendo a muchos de los que viven en La Victoria, barrio que alguna vez fue un lugar de resistencia popular al régimen de Pinochet, y aún es el tipo de lugar en donde la cara del Che Guevara se ve en rayados de los muros.
Por el otro lado, el gobierno está dispuesto a aportar la diferencia para las personas cuyos ahorros no basten para pagar una pensión mínima, siempre que cuenten con al menos 20 años de trabajo. También existe una Pensión Básica Solidaria para quienes no califiquen con aquello. Pero sobre todas las cosas, la mejora del desempeño económico de Chile desde la implementación de las reformas de los Chicago boys es hoy difícil de negar. La tasa de crecimiento en los 15 años antes de la visita de Friedman había sido de 0,17%. En los 15 años que le siguieron, fue de 3,28%, por lo tanto, 15 veces más alta. La tasa de pobreza ha declinado drásticamente a 15%, comparada con el 40% del resto de América Latina. Santiago es hoy una brillante ciudad de los Andes, la más próspera y atractiva del continente.

Un signo del éxito de Chile es que las reformas a las pensiones han sido imitadas a lo largo del continente, y por cierto en todo el mundo. Bolivia, El Salvador y México copiaron el sistema al pie de la letra. Perú y Colombia introdujeron pensiones privadas como una alternativa al sistema estatal. Kazajistán también ha seguido el ejemplo chileno. Incluso, parlamentarios británicos han abierto un camino desde Westminster a la puerta de Piñera. La ironía es que la reforma chilena ha sido mucho más radical que todo lo que se ha intentado en Estados Unidos, el corazón de las economías de libre mercado.